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Del puente a La Vela 1

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5 amigos fotógrafos, tres ingenieros de profesión, un docente de educación media y un comunicador social, decidimos dejar atrás el país urbano con todo su ritmo envolvente, cargado de cotidianidad, que amansa al explorador de cuentos por descubrir.

     El puente Rafael Urdaneta icono de la civilidad, es el punto de partida, (me pregunto por qué no llamarlo Puente del Coquivacoa, me abruma la pleitesía al guerrero) al encuentro con ese otro país, él rural, lleno de poblados donde el tiempo transcurre sin apremios y la brisa fresca de la mañana huele a paseo de fin de semana.

      La energía del ambiente nos moldea y limpiamos nuestros sentidos, para dejar fluir la esencia del aventurero, en busca de la imagen nítida acorde a las historias de vida de cada quien.

     Al llegar a la entrada de Mene de Mauroa, (población con una marcada influencia de la industria petrolera), en plena carretera, justo al lado de la estación de servicio, divisamos a un hombre de barba larga y blanca y sombrero de época, el personaje se confunde entre cuatros, guitarras, maracas y alpargatas que guindan del techo. De inmediato nos dejamos correr al encuentro de tan imponente imagen…Maestro , como anda la vida? Trabajando muchachos, como lo hago desde hace más de cuarenta y cinco años. 

     Bray , diminutivo de Ibrain hombre de creencias religiosas, con su elocuencia, don de gente y conocimientos políticos a flor de piel, tal cual como imagino a mi bisabuelo John De Pool, nos cuenta la historia del pueblo y como con el trabajo de todos los días levantó a sus cuarenta hijos, de hecho, dos de éllos no lo desamparan y orgullosos de la estirpe paterna, reafirman los cuentos de tan interesante gentleman.

     Dejamos atrás al Mene con su ganadería, galleras y hasta un camposanto particular llamado por la gente, “Cementerio de los ingleses”. Nos adentrarmos al caserío Los Chucos, donde se llega siguiendo un cartel pequeño que indica su existencia, atravesando una carretera entre asfalto y trilla de arena, que pasa por arriba de una tubería  de hierro oxidado de 24”,  extendiéndose a lo largo de La Falcón -Zulia.  

     Ya en el pueblo cámara en mano, cada quien decide su recorrido, es tácito el acuerdo de no fotografiar donde alguien ya lo haya hecho. A unos metros de la única calle me llama la atención una señora doble, morena, de pelo blanco como algodón de azúcar, sentada en el frente de su casa de fachada pintada de celeste claro, es el retrato perfecto, con el contraste ideal.

-Bueeenas como estaa la vida abueela?

-Bien y usted hijo, que me lo trae por haí?

-El señor josé, el de la tienda, me dijo que usted hacía el café más sabroso de por aquí.

-A pués, si es cuentero ese hombre, y usted le va creer?

-Bueno aquí estoy…

     Y en menos de diez minutos la señora Felipa me ha contado que Dios no le dio hijos pero crió a veinte muchachos y todos van y vienes, siempre están pendiente de élla y de cualquier cosa que necesite.

     Seguimos camino al encuentro de otros pueblos con su gente franca y de afectos generosos, que nos abren sus casas sin reservas y en muchos casos nos brindaron un cafecito como esencia de su hospitalidad.

     En ese andar de historias no contadas, la fotografía siempre será una excusa para reencontrarnos con nosotros mismos y con esas historias de vida, dejando a un lado la recurrente y constante cotidianidad…

 

 

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